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El despertar nacional

 

La Revolución Francesa, la gran revolución burguesa, despertó la sed de libertad de los pueblos europeos. La libertad frente al monarca, a los señores feudales y a la tiranía en general. La revolución burguesa crea y fomenta el sentimiento nacional, que frente a los particularismos feudales y al concepto de Estado como propiedad de un monarca es tremendamente progresista. La influencia de la Revolución se extendió, a través de los intelectuales, entre todos los pueblos europeos oprimidos. Los campesinos balcánicos, sometidos al dominio extranjero durante cuatrocientos años, entraron en la escena de la historia con un objetivo nacional y social: la liberación del yugo turco y de sus sepahi. Fueron ellos, en todos los países de la zona, los protagonistas de esta lucha dura y larga, de cuyos frutos se apropiaron inmediatamente los burgueses.

A pesar de la liberación, se mantendrán en gran parte las relaciones semifeudales en el campo; en Bulgaria y Serbia, donde predomina la pequeña propiedad agraria, se daría un proceso acelerado de concentración. En Serbia se mantendrá el zadruga, equivalente al mir ruso: comuna rural compartida por varias familias unidas en parentesco, y donde la tierra permanece indivisible.

Grecia fue el primer país que vio reconocida su independencia, en 1830, después de una feroz lucha de diez años, aunque su territorio sólo correspondía a un tercio de la Grecia actual. La lucha por la independencia griega es muy indicativa del papel de las potencias europeas en los Balcanes. Rusia, Gran Bretaña, Francia, todos se declaraban fieles amigos del pueblo griego en rebeldía. La autocracia zarista se presentaba como la tradicional aliada de los pueblos de religión ortodoxa, mientras que las civilizadas Francia y Gran Bretaña se hacían eco de los argumentos de los liberales y se aprestaban a defender al pueblo heredero de la gran civilización helénica, oprimido por un imperio medieval y bárbaro. Pero toda esta retórica no podía ocultar los hechos. En 1825 se celebró una conferencia de las potencias europeas en S. Petersburgo, donde Gran Bretaña defendió que el Imperio Turco concediera autonomía a Grecia, rechazando así la independencia por la que morían los campesinos griegos. A la monarquía y a la burguesía británicas les interesaba mantener el status quo en la zona; preferían que los Balcanes los controlara un imperio en decadencia como el turco, que no podía hacer sombra a sus intereses, a que la influencia de Rusia se expandiera por el Este europeo y llegara al Mediterráneo. Por otra parte, con la autonomía griega se frustrarían las maniobras francesas, que intentaban favorecer la candidatura del duque de Nemours a rey de Grecia para atraer el país a sus intereses.

El plan británico fue rechazado, obviamente, por Francia y Rusia. El zar Alejandro I pretendía que Grecia se convirtiera formalmente en un protectorado ruso, y, con la excusa de defenderla de las amenazas turcas, poner un pie cerca del mar de Mármara, que estratégicamente comunica el mar Negro con el Mediterráneo.

Las diferencias entre las tres potencias europeas, y la resistencia de los patriotas griegos, que una vez alzados con tanto ímpetu no iban a aceptar menos que una independencia real de los otomanos, trastocaron estos planes. Una vez se hizo inevitable la independencia, tropas francesas, británicas y rusas intervinieron en la zona en 1827, para que la influencia de sus monarquías no menguaran con respecto a las otras en la nación que surgía. Tras la proclamación de la independencia, ninguna de las tres se quedó atrás en todo tipo de intrigas palaciegas e incluso de intervenciones militares.

El ejemplo de Grecia vale para cualquier otro país de la zona. Los burgueses utilizaron siempre (y utilizan) los sanos sentimientos nacionales de las masas para imponer sus intereses de clase. La defensa de "la libertad de los pueblos", en sus manos, no es más que la coartada para sustituir una opresión por otra. Territorios, zonas de influencia, mercados, materias primas... y aumentar su autoridad en el mundo. Esto es lo que buscan las potencias imperialistas, antaño y ahora. Los pueblos que para escapar de la opresión de una potencia han buscado la protección de otra pronto han podido comprobarlo.

Históricamente, las tres grandes potencias interesadas en los Balcanes han sido Austria, Rusia y el Imperio Otomano. Hasta la construcción del canal de Suez, la península era el puente natural entre Europa Occidental y Central y Asia; las rutas comerciales pasaban, bien por Tracia (región dividida actualmente entre Turquía y Grecia), bien por el Mediterráneo Oriental. Al zarismo le interesaba el control de los estrechos del Bósforo y de Dardanelos, con el que se podía enseñorear de todo el mar Negro y llegar hasta el Mediterráneo. En cuanto a austríacos y húngaros, la península balcánica (de la que ya dominaba el noroeste) era su zona de expansión natural. Los dos Estados balcánicos surgidos en 1878 (Serbia y Bulgaria) oscilaron entre la influencia rusa y la austro-húngara, si bien Austria-Hungría casi siempre vio como una amenaza la existencia de un Estado eslavo independiente en los Balcanes, como Serbia, que podía ser un atractivo para los croatas y eslovenos, sometidos a los Habsburgo.

Para 1912, año de comienzo de la Primera Guerra Balcánica, las posesiones turcas en Europa se limitaban, fundamentalmente, a Albania, Macedonia, Tracia y la región griega del Epiro.